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CHUCKY: EL EXTREMO RIDÍCULO DE UN SLASHER




Película: "CHUCKY" (CHILD´S PLAY)
Año de inicio: 1988 "Chucky, el muñeco diabólico"
Número de películas: 8
Número de apariciones: 8
Categoría: Muñecos poseídos

"El criminal Charles Lee Ray se encuentra huyendo una noche del detective Mike Norris, quien le dispara y hiere de muerte al refugiarse en una juguetería. Charles, cuyo apodo es "Chucky", en medio de su agonía lleva a cabo un ritual vudú transfiriendo su alma a un muñeco "Good Guys" -la mayor tendencia de la temporada-. Sin despertar sospechas y tras una serie de coincidencias, el muñeco es comprado -a un indigente que halló el juguete en los escombros de la tienda destruida por el rayo invocado- por la madre del cumpleañero Andy Barclay quien se convertirá en el objetivo de Lee Ray para encontrar un nuevo cuerpo humano".


Al igual que ocurre cuando incluyen a Freddy Krueger en la lista slasher, cuestiono firmemente el que Chucky haga parte de esta denominación. Y es que no hay duda que ambos personajes utilicen métodos afines con la clase de asesinos a los que se hace referencia en esta entrada, pero más allá de eso, pienso que sus características responden a un aspecto más sobrenatural que los alejan de dicho perfil.

Chucky es considerado uno de los “cuchilleros” que dio un nuevo aire a esta subcategoría, pero sigo insistiendo que su aspecto de muñeco, que le permite manejar el elemento sorpresa, lo convierte en un asesino fabuloso, pero no en un slasher. Sin embargo, el debate del “ser o no ser” no es la esencia de esta entrada, en eso se profundizará en otro momento, ahora se analizará el concepto de Chucky en sí mismo.

Si hablamos de la originalidad de la trama y origen del personaje, estas se llevan las palmas. El bajo presupuesto que se invirtió para materializar la visión de Don Mancini creó un ícono del terror, eran otros tiempos puedo afirmar cuando en la actualidad los adolescentes no se espantan con la idea de que un muñeco les persiga para asesinarlos. ¿En qué se basa el anterior cuestionamiento? Simple, la nueva generación no le teme a una confrontación física contra “un enano” cuchillo en mano, lo cual no ocurre con Annabelle, de la cual son conscientes que es apenas el recipiente de una entidad maligna que resulta intangible. Una cuestión de control se puede decir.


Pero dejando a un lado esta desventaja, Chucky se afianzó en el imaginario terrorífico que alteró muchos sueños cuando alcanzó una muy eficiente -más no excelente- trilogía (1990, 1991) que respetaba la secuencialidad y el manejo relativamente coherente del arco argumental: Charles Lee Ray necesitaba volver a un cuerpo humano y su victima debía ser aquella persona a la cual le confiara el secreto de su identidad -es decir, Andy-. Entonces Chucky se convirtió en el coco fastidioso de aquel niño con el que se encontró por primera vez cuando cumplía 6 años durante esas 3 entregas… Bueno, cuando el ahora adolescente coprotagonista del muñeco se muestra definitivamente resistente a perder su cuerpo, un golpe de suerte lleva a que asesino y un nuevo niño se encuentren. Lo que Charles no aprende es que nadie se somete así de fácil a un ritual vudú, aunque lo disfrace de juego infantil, así que vuelve a fallar.

¿No te ha convencido la idea del asesino en el cuerpo de un muñeco? Prepárate, que ya conocerás el por qué la definición del slasher se escurre vertiginosamente hacia la ridiculez. 

En 1998, la persistencia de los asesinos que usaban cuchillos, machetes y cualquier cosa corto-punzante estaban fatigando a los fans, así que aparece la cuarta parte del “muñeco diabólico”; quizá a los escritores se les estaban acabando las ideas cuando se les dio por traer al mundo un personaje que convirtiera al asesino solitario en una dupla: “LA NOVIA DE CHUCKY”. Jennifer Tilly personifica a Tiffany Valentine, la pareja de Charles Lee Ray al momento de fallecer, quien reconstruye al muñeco y con un nuevo ritual -por lo visto es muy fácil obtener brujerías que funcionen en el mundo de Chucky- logra resucitarlo. 


La intención de Tiffany es volver a iniciar el romance ya que un mal entendido le hace creer que su novio iba a proponer matrimonio, pero la realidad la frustra y aquí viene una ilación de agujeros argumentales y estupideces cuando en venganza por la desilusión, Chucky es sometido al martirio de ser tratado como un bebé. Todo eso va de cuento, así que saltemos al punto en que la novia es asesinada y su alma, repitiendo el asunto vudú, es depositada en una muñeca. El esquema de “asesinato-huida-asesinato” es repetitivo y para no alargar más el cuento, la parejita sostiene relaciones sexuales y al final, cuando son derrotados, el giro de la trama es que Tiff da a luz… ¡PLOP! 



Era predecible que un encuentro entre personajes tan instintivos daría paso a un desfogue, ya los guiños sexuales daban luz verde, pero el embarazo y parto no me lo esperaba. Además, ¿qué tanto tiempo pasó el alma de Tiffany en el cuerpo de la muñeca para ser suficientemente humana y ovular? Bueno, más agujeros creados en el afán de impresionar -así sea perturbando- al espectador.

Lo que viene es la confirmación de la gran falta de ideas y la pérdida del enfoque con el que se inició la historia del muñeco. Con la super preavisada aparición del hijo de Chucky y Tiffany, se esperaba que este fuese aún más violento que sus padres -ADN es ADN-. Pero justo a estas alturas, Mancini se olvida que los fans son de Chucky y no de él, y se concentra en crear una quinta entrega con un sello muy personal, con un tono melacolico timoneado por Glen -el esperado hijo del mismísimo “diablo”- que resulta ser un mar de confusiones ante su “no sexo anatómico”. 


¿Es decir? Si, eso mismo, Glen no tiene idea si es chico -como desea que se oriente Chucky- o chica -la Glenda que Tiffany pretende criar-. Sea cual sea el género en el que se asiente Glen, que vale destacar terminó siendo un muñeco de circo muy maltratado, este rechaza el ser un asesino como sus padres, aplaudido por la madre y renegado por el padre. En fin, esta película fue un chasco definitivo dentro de la trama que no dejaba de sumarle a las arcas del director y el estudio. Es necesaria una anotación: a pesar de que Glen/Glenda es hijo de dos "GOOD GUYS" -creo que Tiff también lo era, por lo menos su atractivo no tiene discusión-, este resultó con una apariencia horrorosa, quizá con la intención de exacerbar toda su onda depresiva.

En 2013 y 2017 se establecieron los elementos que debían dar fin -ya sería hora- de la saga, y se hizo de una manera muy ambivalente cuando “LA MALDICIÓN DE CHUCKY” y “EL CULTO DE CHUCKY” respectivamente, a pesar de tener conexiones muy íntimas entre sí, poseen matices que las contraponen en calidad. La que sería la sexta parte del muñeco diabólico, trae consigo un nuevo reparto -y un rostro de Chucky reconstruido- y por lo tanto un vuelco total de regreso a la historia original, brindando más importancia a Charles Lee Ray desde su origen y la relación con esta familia -nuevos personajes- atrincherada en una mansión gótica. 


La adopción del cliché por excelencia denominado “la chica final” o “la última virgen” expande la visión del slasher que debe enfrentar a una protagonista que tiene todas las de perder, pero su voluntad y coraje le permiten enfrentarse con éxito al villano, algo así como “el triunfo del espíritu”. Hasta el momento de la pelea final, Glen había sido borrado de un plumazo, y la referencia sobre “la novia” -que si te das cuenta, y será un tema de análisis para otra entrada, la entrada de Tiffany a la saga es un homenaje directo a la necesidad de un monstruo solitario de tener compañía, propio de Frankestein y el clásico “LA NOVIA DE FRANKESTEIN” (1935)- era casi que ninguna, pero los últimos minutos dejan en evidencia, no solo el devenir de una producción número 7 sino la consciencia de la vital importancia de Tiffany en la que sería la pieza, quizá, concluyente.

“EL CULTO DE CHUCKY” logra una buena secuencia con su predecesora, pero se pierde terriblemente en el esfuerzo por dar explicaciones que hace mucho nos dejaron de importar, y llenar los agujeros con elementos no muy ajenos al disparate. Tres errores garrafales que convirtieron el cierre de la saga en una payasada:

   Convertir a la “chica final” de “LA MALDICIÓN DE CHUCKY” en una excusa barata para que este ingrese al nuevo sitio de sus asesinatos, restando el protagonismo que de manera justa había adquirido en el capítulo anterior. Nica Pierce -Fiona Douriff- se pierde en una locura mal representada, lo que desmerita la excelente actuación anterior y se convierte en una más del variopinto grupo de personajes a los que ya estamos acostumbrados en la saga del muñeco diabólico.


    Trastocar la motivación que se debió mantener en Charles Lee Ray durante cada entrega -volver a un cuerpo humano a través de un ritual vudú-. Esta se fue haciendo borrosa en la medida que el tono de cada película cambiaba, Chucky halla la respuesta a su predicamento muñeco/humano en una página de Internet, logrando no solo entrar a cualquier cuerpo que desee -ya no era necesario el requisito de revelar el secreto- sino poder dividir su alma en varios cuerpos y hasta muñecos.


    El retorno de Andy, tan esperado por los fans, fue aguado y con una sensación de improvisación que aunque generó acción, esta se percibió como algo que estuvo allí por estar, porque era necesario rellenar y forzar a que el cierre fuese directamente complemento del inicio de la saga a través de sus antagonistas.


Después, en 2019, la más reciente producción sin la orientación de Mancini, “MUÑECO DIABÓLICO”, rompe con la mitología de Chucky, reinicia su origen tratando de responder al interés de los que podrían ser los nuevos fans que no se asustan con las posesiones satánicas, pero caen en shock cuando se quedan sin señal o batería para sus celulares. La sensación de que Terminator viene en este nuevo Chucky como su versión lúdica, es inevitable, pero no voy a hacer spoiler, solo concretaré que a pesar de ser una película que recaudó millones de manera satisfactoria, aleja mucho más a esta leyenda de su pretensión de ser slasher.

Conclusión: Un ícono, sin duda. El terror habría perdido un referente inigualable para las producciones de posesiones y objetos malditos si la mente de Mancini no hubiese parido a Chucky. Sin embargo, a pesar de lo que muchos conocedores insisten en afirmar, este muñeco no es un slasher y ridiculiza lo que el manual del terror establece para denominar a esta clase de asesinos. En la sub de muñecos poseídos y objetos malditos, Chucky es el líder, y no es necesario ni justo comparar-competir con Annabelle, cuando el terror de cada uno difiere de manera extrema. 

Chucky inició con una premisa impactante, pero se fue fundiendo en la pereza que se incrementaba en la creatividad que se pudo imprimir en la continuidad de la trama que se fue bifurcando y diseminando hasta casi que perderse a no ser por algunos rescates desesperados y tan simplón e incorrecto resultó ser el cierre. El factor sorpresa perduró en la primera trilogía y no fue suficiente el que Chucky se multiplicara en muñecos con diversas personalidades para poder recuperarla. La saga del muñeco diabólico trascenderá en el tiempo y se convertirá en todo un clásico del terror, sus deficiencias son perdonables cuando el mayor esfuerzo fue el complacer a los fans, y la franquicia seguirá generando nuevos productos y millones en dinero… Eso no tiene discusión, pero ¡NO, CHUCKY NO ES UN SLASHER!


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